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Empezaría diciendo que todo lo que escribo lo hago con papel y una pluma, pero mentiría. Una de mis mayores aficiones es escribir, yo lo llamaría como una especie de "escape" donde eres libremente de escribir lo que te plazca, ya sea hundirte en tus pensamientos o tan solo con deslizar tus dedos sobre el teclado comienzas a adentrarte en un mundo donde tu decides que sucede a cada instante y a cada segundo. ¿Maravilloso, verdad? No escribo para nadie, escribo para mi misma. Lo que nunca imaginé fue ver a toda esta gente leyéndome. Soy otra marioneta que ansia la libertad en esta sociedad manipuladora. Nunca permitas, por nada del mundo, que la sociedad te convierta en una persona quien no eres. Seamos libres de ser quien cojones queramos ser. Porque no hay nada más maravilloso que ser uno mismo y no como querrían que fueses. Amo la lluvia, los días de tormenta, amo el chocolate, también un buen café con leche en las tardes de invierno. Si has llegado hasta mi blog, bienvenidos pequeños mortales, si deseas quedarte será todo un placer, siempre serán bienvenidos aquí y si deseas marcharte, que así sea. ¿Te introduces en mi cuento de princesa inmortal?

Eres mi visita:

jueves, 4 de septiembre de 2014

Me salvaste tanto como me mataste.



Qué limpia se ve la cama
cuando no estás en ella para desordenarla,
así como me desordenas la mente, y la vida.
Y lo que te echo de menos.
Y joder, qué putada.

Las ganas de marcharme.
De huir.
Huir de todo y de todos, 
incluso de mi,
pero nunca de ti.

Irnos a cualquier Motel,
y que por muy ordenada y limpia que esté la habitación,
tú y yo sabemos que está tan sucia como nosotros.
Y la destrozamos.
Y la ensuciamos.
Y la rompemos.

Y pecar contigo, quiero.
Dejar las huellas de las palmas de mis manos,
marcadas en aquella ventana,
de aquel sucio Motel.

Tan sucio como cuando me azotas el culo
con la palma de tu mano,
tatuándome tu palma en mi nalga.
Y joder, qué bonito.

Tan bonito como cuando nos volvemos tristes,
cuando nos dolemos,
y que no es amor si no hay dolor.
Y que si no duele, 
es que algo estamos haciendo mal.
Porque el amor duele,
y lo sabes tanto como yo.

Yo, que aún recuerdo como me quejaba del amor.
Cómo cuando decía que el estar enamorado
también era una de las formas de destruirse,
consumirse
o matarse.

Y ahora, me parece una de las formas más bonitas de morir.
De matarme contigo.

Perdernos para encontrarnos,
o encontrarnos para perdernos.
¿Cuál escogemos?
Yo opto por la segunda.

Como cuando te dije: 
"Vamos a perdernos juntos."
Y me corregiste diciendo: 
"No. Prefiero encontrarme contigo."

Y yo sentí que me morí un poquito más.

Lo que odio escribir sobre ti,
y lo que me salva a la vez.
Lo viva que me hace sentir,
y lo muerta que me siento si no lo hago.
¿Tiene sentido para ti?
lo tiene para mi.

Sé que la cosa va mal 
cuando sé que mis demonios 
se han enamorado de tus demonios,
y claro, eso me mata a la vez que me salva.

Porque nadie dijo que el Amor era todo dolor,
a veces el Amor puede llegar a salvarte.

Y nunca dije que no me salvaste, 
me salvaste tanto como me mataste.

jueves, 14 de agosto de 2014

Desnudémonos el alma antes que la ropa.


Vamos a contarnos esos cuentos casi de madrugada 
que nos contábamos con nosotros de protagonistas 
imaginándonos un mundo diferente.

Hablemos de los besos de debajo de las sábanas,
de las risas,
de los suspiros,
de los "Joder, como te quiero."

Juguemos a duelo de miradas,
de mirarnos fijamente
hasta penetrarnos la mirada
o hasta follarnos.

Colócame con tu risa,
tu sonrisa,
tus cosquillas para que deje de estar triste,
colócame.
Coloquémonos.

Digámonos lo muy venenoso que es estar enamorado.
Cuéntame cuánto te duelo
y lo mucho que te gusta dolerme.
O lo mucho que nos gusta dolernos.

Quiéreme.
Quiéreme a tu manera, pero quiéreme.
Quiéreme como sólo sabes hacerlo.
Demuestra,
demuestro,
demostrémonos.

Mírame como si fuese tu mayor tesoro apreciado,
tu lujúria.
Mirémonos.
Y nunca dejar de hacerlo.

Dime otra vez lo mucho que te gusta perderte en mis ojos,
nadar en ellos,
sumergirte o ahogarte.
Porque como bien dices, "Me mataría una y mil veces en esos ojos". 
Pero dímelo,
tú dímelo.
Siempre.

Acaríciame como si estuvieses a punto de rozar el mismísimo infierno.
Acaríciame toda,
tú acaríciame tan suave como si se tratase de algo frágil,
tan frágil que en cualquier momento se romperá.
Pero acaríciame.

Abrázame como si fuese una despedida,
de esas que tanto odias,
abrázame fuerte
porque nunca sabrás cuando voy a desaparecer.
Tú tan sólo... abrázame.
Abracémonos.

Esnífame.
Esnífame como cuando recién salgo de la ducha
o como cuando me pongo ese perfume que tanto te gusta
y me sueltas un "qué bien hueles, jodida". 
Tú esnífame,
como si fuese tu dosis diaria la cual necesitas.

Mostrémonos el alma cada vez que lloremos.
Muéstramela.
Desnudémonos el alma antes que la ropa.
Pero desnúdala.
Desnudémosla.
Desnudémonos.
Y ahora ven... ven para que te crea.


martes, 29 de julio de 2014

Sólo quiero tener a alguien con quien poder odiar el mundo juntos, y lo que surja.



Se bebía la cerveza a morro en aquel bar. No le importaba nada, quien la mirase, que pensasen, que opinasen, sólo quería beber, beber y sumergirse en aquellos pensamientos que la invadían. Observaba a la gente de reojo. Se fijó en una pareja, se tomaron de la mano en la mesa y sonrieron mirándose a los ojos. Ella soltó una sonrisa sarcástica al mirarlo. Y yo sólo quiero tener a alguien con quien poder odiar éste maldito mundo juntos, ésta maldita ciudad, pensaba mientras le daba otro trago a su cerveza.
Estaba cansada de la monotonía diaria, de los mismos días, de la misma rutina, de la misma mismísima mierda. Porque como aquella frase que dice así, "Cada día es una fotocopia del anterior.", ella opinaba exactamente lo mismo.

Soltaba suspiros. Suspiros que ni ella misma se daba
cuenta que soltaba. Suspiros que decían mucho pero a la vez nada. Suspiros que intrigaban, que incitaban, que reflejaban tristeza, o soledad, o ambas.
Que añoraba el calor de un abrazo, de un beso, de una mirada, de un polvo.
Que se jodía por añorarlo y necesitarlo, y más se jodía por ignorarlo.
Sólo quiero tener a alguien con quien poder odiar el mundo juntos, y lo que surja, se dijo para si.

Que odiaba a toda la gente de aquel bar, y que se moría de celos al verlos tan felices y sonrientes, mientras que ella la única compañía que tenía era su botella de cerveza.
Necesitaba conversar con alguien. Una buena conversación. Una de esas conversaciones que se te pasan las horas volando, y cuando quieres darte cuenta son las tres de la mañana, o seis,  o simplemente no te importa qué hora sea, pero, ¿con quién conversaría si nadie la estaba mirando?

Estaba cansada, tenía sueño, agotada, pero no quería ir a casa. Allí no había nadie quien la esperase, ni nadie quien se encontrase en ella.

 Incluso ya de pequeña estaba cabreada con el mundo. Ella nació cabreada con el mundo. En su mirada se podía apreciar un completo infierno, que todo aquel que se cruzase con sus ojos, podría salir en llamas.
¿Quién estaría dispuesto a quemarse en esos ojos, asumiendo el riesgo?

Fruncía el ceño. Seguía dándole tragos a la botella, observando como pasaban las horas de aquel reloj de pared de aquel bar. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba sola, completamente sola. Toda la gente se había marchado. Maldijo en silencio. Su botella ya estaba vacía, tan vacía como ella. Seguía ahí, sentada, quizás esperando en que en el último momento apareciese alguien, alguien que ella sabía que no iba a aparecer, pero que tenía la esperanza de que llegase.

Estaba cansada de estar triste, de ser una persona triste, de que la tristeza sea ella. Estaba tan cansada que del cansancio que sentía ya ni lo notaba.

Se quejaba por todo, pero no hacía nada.

Un muchacho se sentó a su lado, con rostro y mirada apenada, se pidió la misma cerveza que ella mientras la miraba. La miraba a los ojos, ella se encontró también con su mirada. Bonita mirada la tuya, dijo él. Ella sonrió.  Él estaba roto, cansado, hundido, apenado, triste, como ella. Se notaba la soledad en sus ojos, el vacío. ¿Es posible sentirse identificada con una mirada?, se preguntaba ella, ¿Es posible ver la soledad en sus ojos, la tristeza, la melancolía, la añoranza? qué bonito encontrarse a alguien igual de roto que tú, o peor.
Él sentía interés por ella, ella sentía interés por él. Hablaron. Se contaron cuan solos estaban. Ella contó lo mucho que odiaba el mundo y lo bonito que sería tener acompañado a alguien para odiarlo juntos. Él sonrió. Él odiaba también el mundo, y le dijo que sería todo un honor odiarlo con ella. Ella rió. 
Mereció la pena conversar con alguien en aquel bar hasta altas horas de la madrugada, hasta que el dueño, asqueado, tuvo que echarlos porque no se marchaban. Mereció la pena permanecer en aquel bar, teniendo la esperanza de que alguien llegase, y llegó. Porque como dice la frase: "La esperanza es lo último que se pierde." 

Y él decidió quemarse en esos ojos, porque sintió que merecía la pena arder por ellos.

                        —Igual deberíamos quedarnos así de tristes.—dijo él mirándola a los ojos.
                        —Igual deberíamos.—sonrió ella.

martes, 8 de julio de 2014

Creo que nací en la época equivocada.



                               Se están perdiendo demasiadas cosas. 
                         Pocos son los que aprecian los amaneceres, 
                     pocos son los que quedan para ver una puesta de sol, 
                 pocos son los que se van a su terraza, o playa a apreciar la Luna, 
                               las estrellas, las olas del mar, 
                          pocos son los que siguen mandando cartas, 
                              y pocos son los que lloran al escribirlas.
                         
                                             Y, es que, 
                           con la tecnología que tenemos actualmente,
                           ¿Quién va a dedicarse a escribir una carta, 
                            pudiendo mandar un mensaje de texto, 
                           o escribirle por cualquier tipo de red social? 
                           ¿Quién va a querer apreciar un amanecer, 
                     pudiendo estar enredado entre las mantas de su cama?
          ¿Quién iría a su terraza o playa únicamente para apreciar las estrellas,
                                            Luna, u olas del mar?
                                       Yo, yo seguiré haciéndolo.
                              Mandaría y mando una y miles de cartas,
                               porque me gusta mantener la esencia,
                      porque me gusta la tinta derramada sobre el papel,
             porque me gusta llorar al escribirlas y que una hoja emborrone una palabra,
                                       porque adoro mandar cartas,
                                          y que me manden.
                                         porque es precioso,
                              Aprecio y observo miles de amaneceres,
                     porque no hay nada más bonito que ver un amanecer, 
                           como el cielo se va aclarando poquito a poco, y
                        como los pájaros comienzan con sus cantos mañaneros,
                           pero más bonito sería aún más si se está acompañado,
                                 apreciando juntos un amanecer,
                                           nuestro amanecer.
                                         ¿Una puesta de sol? 
            Miles de veces me he quedado embobada observando en la playa
                                    como se esconde el sol entre el mar, 
                               y como deja de reflejarse su reflejo en el agua. 
                                            Y, ¿la playa por la noche? sí,
                                 he ido y sigo yendo a la playa en la noche
                              aprecio la belleza de la Luna y de todas sus fases,
                                       pero la que más, la Luna llena.
                         Aprecio las estrellas, e inocente siempre pediré un deseo,
                              teniendo la esperanza de que alguna vez se cumpla.
                            pero sobretodo, aprecio el bello parpadeo que tienen,
                                              unas más que otras,
                                   como si juguetonas, me guiñaran un ojo y dijesen:
                                               "Hey, que te vemos ahí abajo."
                                        Y, que deciros de las olas del mar,
                                                  como relajan,
                                como rompen en la orilla, se deslizan, se arrastran,
                                para luego venir otra ola, y que se rompa de nuevo
                                          continuando el proceso infinito.
                                       Ese sonido que podría dormirme con él, 
                                               dormir como un bebé.

             Pocos son ya los que aprecian esos pequeños detalles o siguen manteniéndolo,
                                     la tecnología no va a hacer que no siga la esencia,
                               porque como me digo a mi misma muchas veces:
                                      Creo que nací en la época equivocada.
                                  Seguiré manteniendo esos pequeños detalles,
                                            si pocos son los que quedan,
                                                  quizás se extingan.
                                      Aunque yo siempre seguiré aquí,
                                                       manteniendo y apreciando los buenos detalles.
                                    Todo aquel que quiera es libre de acompañarme.




viernes, 4 de julio de 2014

Te veo, y estás aquí. No te preocupes, estoy contigo.




La chica del vestido gris caminaba por las oscuras calles a medianoche. Tanto su vestido gris como su rostro trasmitían una profunda tristeza; una tristeza que combinaba muy bien con la lluvia vespertina. 
El aire frío de la noche abanicaba su larga y sedosa melena. Sus brazos se cruzaban y se abrazaba a si misma a reacción del frío, pero aquel frío no podía compararse con lo fría que se sentía ella, y lo mucho que necesitaba el calor de alguien.

Se sentó en un banco de un oscuro parque. No había ni un alma que ver en la noche, casi parecía un pueblo fantasma. Y ella se sintió más sola aún. Un pequeño gato estaba merodeando por la zona. Su maullido era suave, casi parecía decirle algo, o así lo veía ella. El gato la miraba, quieto, sin dejar de maullar. Entonces ella alzó su mano, en gesto de que se acercase, y así fue. Aquel gato callejero se le acercó, pero éste pasó de largo de ella, cosa que no le sorprendió. Soltó un suspiro y alzó la vista al cielo.
Pasados varios minutos, aquél gato se sentó al lado de ella del banco y la miró. Ella, ésta vez sorprendida, miró al pequeño gato y lo acarició. Éste se dejó acariciar y ronroneó. Ella dibujó una sonrisa en su labios. Justo antes de darse cuenta, de sus párpados cayeron lágrimas. Se acarició las mejillas, tocando sus lágrimas sorprendida. Sus lágrimas cayeron sin permiso, y ella no sabía del por qué.

Una figura masculina se aproximaba al banquillo. Aquel hombre se sentó justamente en el lado donde estaba ella. Atravesándola, como si en aquél banco solamente estuviese el pequeño gato y el hombre. Como si ella fuese invisible. Ella se levantó, atravesando al muchacho y colocándose en pie a pocos metros. El pequeño gato se levantó del banco y miró de nuevo a la chica. Aquel hombre no la veía. No podía verla. Ella estaba muerta.

Lo que ella no sabía es que vagaba siempre por aquel parque buscando a alguien quien pudiese verla y sentir calor. El calor que le hacía falta de unos ojos encontrándose con los suyos. Ella lloraba por no encontrar unos ojos que la mirasen de nuevo. Necesitaba a unos ojos que le dijesen: "¡Te veo! ¡Y estás aquí! No te preocupes, estoy contigo." Y por fin los encontró. Los ojos verdosos de aquel precioso gato, que aún no se había apartado de su lado y se limitaba a ronronear y a deslizarse por sus piernas. Ella, con lágrimas en los ojos sonrió. Sí, era un gato, los ojos de un gato, pero aquel gato le decía: "Te veo, y estás aquí. No te preocupes, estoy contigo."

Entonces ella supo que estaba allí, que la veía. Seguía llorando, pero al saber que unos ojos la miraron.

domingo, 1 de junio de 2014

Srto Tormenta y Srta Diluvia.




Me gusta mantener la esencia de escribir cartas, como cuando una lágrima cae en la hoja y tienes que descifrar la palabra emborronada. A día de hoy sigo manteniendo esa esencia, sigo mandando cartas, te sigo escribiendo... ¿Me sigues leyendo?

Es tan bonito cuando estoy apunto de mandar la carta, la leo  y empiezo a odiarla por las cosas que he escrito, y, acto seguido, la lanzo a la papelera, con suerte colándose en ella o cayendo a un lado. 
Ya me conoces, cielo: ¿Cuántas veces te he dejado una carta en tu habitación, escondiéndola debajo de la almohada y al llegar a casa te he dicho que mirases debajo de ella? siempre quise mirar tu cara de sorpresa cuando te encontrabas con ella... pero siempre me iba antes de que la descubrieses. Soy así.

Cada vez que escribo mis pensamientos en papel para desahogarme y luego los leo, los rompo inmediatamente, pero luego los vuelvo a escribir, y los rompo, y los escribo, y los rompo, y los escribo... ¿Tiene sentido?
Aún recuerdo cuando leíste en una hoja arrugada de mi escritorio como me sentía y me dijiste: "Mándame ésto, no lo rompas. Me gusta leerte, y me gusta leer como te sientes. Coleccionaré tus cartas." Y... dime, ¿aún coleccionas mis cartas? porque yo te sigo mandando, como me dijiste.
Y mírame, estoy apunto de mandarte ésta carta y conforme la voy escribiendo, la voy odiando cada vez más. Quiero romperla, quemarla, destruirla, hacerla cenizas... pero quiero escribirte. 

No me juzgues, pero si te encuentras una palabra emborronada en la hoja, no es que esté llorando, es que hace viento y hace que lloren mis ojos. Tengo la ventana abierta. Siempre la tengo abierta por si te da por colarte alguna vez, o aparecer...
Probablemente cuando te mande ésta carta me arrepienta, porque ya me conoces, soy de hacer cosas que luego hacen que me arrepienta, pero las vuelvo a hacer, las vuelvo a cometer.

¿Sabes? afuera está lloviendo y yo tengo la ventana abierta. Las gotas se están colando por la ventana, y no me importa, es agradable. La lluvia me recuerda a ti, los truenos, las tormentas, porque tú eres como así; tormenta. Y lo bonito es que te cambié el nombre en el contacto de mi teléfono y te llamé "tormenta".
Y qué culpa tengo yo si cuando llueve, o truena, me recuerda a ti... Estoy apunto de dejar de escribir esta carta, de salir afuera con la que está cayendo y tener la esperanza de encontrarte bajo la lluvia, porque sé lo mucho que te gusta caminar bajo ella, y a mi... a mi me da igual mojarme si te encuentro.

Te quiere: La que te manda cartas.

"Mensaje de texto de Tormenta": "Por supuesto que te sigo leyendo, por supuesto que sigo coleccionando tus cartas, por supuesto que sí. ¿Me llamas tormenta? es lo más bonito y curioso que me han dicho en mi puta vida. Chica, que adoro que me mandes cartas, como ya te dije, "mándame ésto cada vez que te sientas así", que si te lo dije es por algo. Que si hay una palabra emborronada en la carta por una lágrima tuya caída en ella, yo emborrono otra, y tranquila, no es que esté triste, es que mi ventana también está abierta, sopla el viento y lloriquean mis ojos. Que yo también la dejo abierta. 
Y si yo soy tormenta, tu eres diluvia. Una bonita diluvia.
Cuando me encuentro una carta tuya debajo de mi almohada, mi cara no es de sorpresa, sino de felicidad, de entusiasmo, de querer leer corriendo esa carta, para saber que me has dejado escrito, (aunque a veces me da por asustarme). Que incluso a veces miro debajo de mi almohada, pensando que has venido de incógnito y me has dejado una carta. Y la desilusión que me llevo cuando no me encuentro ninguna...
Y ahora, mi pequeña diluvia, deja de leer este mensaje de texto, gírate y ábreme tu ventana. Me estoy congelando aquí fuera, ¿sabes?
Mírame, aquí me tienes, apareciendo en tu ventana por "arte de magia". 


viernes, 30 de mayo de 2014

La chica de ojos tristes y la sonrisa rota.



He oído mucho hablar de ella. No sólo he oído hablar, sino que la he visto con mis propios ojos.
La he observado tantas veces que juraría que si se diese cuenta me tacharía por pervertido, pero en realidad no soy ningún pervertido. Jamás una chica me había parecido tan, tan interesante.
Dicen que ella es una persona sosa, fría, que nunca sonríe ni habla con nadie, que incluso da miedo. Dicen que ella odia a la gente, que nunca nadie se atrevió a saludarla, que su cabello negro azabache y su piel pálida la hace aún más espeluznante. Dicen que pocos han escuchado su voz, que jurarían que es apática.
Pero, la gente es muy ignorante y se dejan engañar por una simple apariencia. Nunca he creído lo que he escuchado de otras bocas, a no ser que lo viese con mis propios ojos o averiguado. Soy una persona que le gusta averiguarlo todo, e incluso siente atracción por lo difícil y complicado. Ella era difícil y complicada.
Cuando realmente me intereso por algo, voy a por ello, ¿por qué no iba a ir a por ella?

Nunca me gustó juzgar a alguien por el simple hecho de lo que están viendo mis ojos. Siempre he pensado: "Puede que tenga un motivo para ser así." Y desgraciadamente, la gente tiene tendencia a juzgar por lo que están viendo sus ojos, y no por lo que ha vivido esa persona. ¿No es un poco absurdo juzgar a alguien sin tomarte la molestia de conocerlo realmente? ¿No es absurdo juzgar sin conocer?
A mi las personas frías siempre me parecieron interesantes, con una historia que contar detrás de esa frialdad. Por eso me fijé en ella. Ella era fría, y no sólo era fría, sino demasiado hermosa para mis ojos. ¿Cómo nadie antes se había parado a observarla? en ese entonces me preguntaba a mi mismo con una sonrisa: "¿Soy el único que se ha molestado en fijarse en ella y sentirse interesado? ¡Vaya! me siento halagado, de ser así."
La observaba tanto hasta el punto de querer saber más de ella, de correr hacia ella y decirle, "Ey, me pareces interesante. ¿Te puedo invitar a un café?".
Realmente quería saber muchas cosas acerca de ella. Quería saber porque nunca cogía su paraguas cuando llovía y se dejaba mojar por la lluvia. Quería saber porque siempre llevaba una libreta en mano y un bolígrafo, y qué escribía en esa curiosa libreta. Quería saber porque una chica como ella era tan solitaria, y si le interesaría tener un acompañante, ambos también solitarios...

Una noche, me estaba tomando un par de cervezas en un pequeño local cuando apareció por la puerta ella. Yo estaba en la barra, y cuando me di cuenta, ella ya se había sentado al lado mío. Me fijé en que llevaba consigo su cuaderno y su bolígrafo. La pude observar más de cerca, y no de lejos como siempre hacía. A veces odio ser tan tímido. Por culpa de mi timidez, muchas de esas veces me impidió acercarme a ella y hablarle con total normalidad. Dios, era tan guapa...
Quise echarle huevos al asunto, así que decidí saludarla:
—¡Hola!—la saludé como cual desesperado. Estaba nervioso, y no sabía como iba a reaccionar ella.
Ella me miró, con su expresión fría. No sabía si iba a contestarme, o se iba a cambiar de asiento. No parecía muy habladora, y yo no creía que fuese apática. Tenía curiosidad por saber como era su voz.
Pero ella no me devolvió el saludo, cosa que no me extrañó. Se notaba que era muy desconfiada, o simplemente no le apetecía hablar con un tío como yo.
La miré de reojo. Estaba escribiendo algo en su cuaderno, más bien continuaba su escrito. No creía que me fuese a dirigir palabra esa noche.
—Hola.—me saludó al fin. Me quedé bastante sorprendido. ¿Cómo describiría su voz? es una de esas voces que con escucharlas sabrías que podría ponerte cachondo con sólo palabras. Una voz realmente sexy.
—¿Puedo preguntarte algo?—le pregunté teniendo la esperanza de que dijese que sí.
—Dispara.—respondió ella.
—¿Qué sueles escribir en ese cuaderno? te he observado muchas veces...digo,—la cagué, no me extrañó, soy un caos.—quiero decir... que te conozco de vista y he podido apreciar que llevas siempre contigo un cuaderno y un bolígrafo.
—¿Sientes curiosidad?
—Bastante. No sólo es curiosidad; me pareces tan interesante que me incitas a investigar más sobre ti. Me gustaría leer tu mente.
—¿Mi mente?
—Tú cuaderno. Ese cuaderno sería como leer tu mente.
—O sea, ¿qué te gustaría leer mis escritos?
—Lo siento si te estoy incomodando... No soy muy bueno hablando con chicas.
—No, tranquilo, me gusta. Es la primera vez que alguien dice que le gustaría leer los escritos de mi cuaderno y que le parezco interesante.—sonrió. ¿En serio? ¿La he hecho sonreír? ¿Y mi premio, dónde está?
Me fijé en su sonrisa. ¿Por qué pude apreciar tanto dolor en su sonrisa? Y en sus ojos... se notaban que eran unos ojos tristes.
—Entonces me siento realmente halagado, de ser así.—le dije devolviendo la sonrisa.—Estoy conociéndote más ésta noche, y ahora sé que no eres como dice la gente.
—Y, ¿qué dice la gente?
—Qué eres fría, sosa, que nunca sonríes, que das miedo, que nunca han escuchado tu voz y que jurarían que eres apática.
—¿Y tú que piensas?
—No eres fría porque debiste de sentir mucho dolor en tu pasado, que no sonríes porque no tienes nada por lo que sonreír, que odias a la gente por una simple razón. De todas formas, no te voy a negar que la gente apesta.
—No todas las personas apestan.—me miró. Otra vez esa mirada.—Me conoces más que yo misma, ¿cómo es posible?
—Porque yo también estoy roto. Sé que eres la chica de ojos tristes y la sonrisa rota. Qué tu sonrisa está tan rota como tu alma. Creo que merece la pena conocerte, al menos para mi. Déjame conocerte, saber más de ti.
—Acabas de formas una rima en esa última frase.—rió. Su risa era una risa baja, en silencio. Una risa realmente encantadora.— Ahora soy yo la que siente curiosidad por ti. Y no te equivocas en que soy la chica de ojos tristes y la sonrisa rota.
Ella me mostró su cuaderno. Había un texto que se titulaba "La chica de ojos tristes y la sonrisa rota". Hablaba de ella misma. De como se sentía, de lo rota que estaba. ¿Casualidad? no lo creo.

Ella pasó toda la noche mostrándome sus escritos. Mostrando su mente a un desconocido, como lo era yo. Por alguna extraña razón, ella se sentía augusto hablando conmigo, no diré como en casa, porque ella no se siente augusto en casa. Ni yo. Era una de esas noches en las que después de tanto tiempo me había sentido bien. Hablar con ella era como hablar conmigo mismo. No sólo teníamos cosas en común, sino que ambos pensábamos igual. Yo empecé a sentirme menos nervioso, y ella empezó a relajarse y contarme más sobre ella. Me halagaba saber que no creyese que era un pervertido o acosador.
Una chica que escribía sus pensamientos en forma de metáfora, o cuento, una chica que simplemente escribía. Ella me atraía, no sólo físicamente, mentalmente también.
En ese entonces, si pude decirle; "Ey, me pareces interesante. ¿Te puedo invitar a un café?", de hecho, quedamos a la tarde siguiente para tomarnos un café y hablar más.
Sentirse identificado por alguien que conoces en tan poco tiempo, es algo que aprecio bastante. Yo me sentía identificado con ella.
Ella me contó que nunca cogía su paraguas cuando llovía porque le gustaba mojarse con la lluvia. Ella me contó que siempre llevaba una libreta y un bolígrafo en mano porque le gustaba escribir en cualquier momento, sobretodo debajo de su Árbol favorito. Ella me contó que su soledad era su fiel amiga, que fue la única que no se había ido en ningún momento.
Y yo... yo me quería unir también a su soledad.

Y ella me dejó unirme...

Tuve la suerte de conocer a una chica así, tuve la suerte de que esa chica fuese mía, (por muy egoísta que suene), pero no la iba a dejar marchar a ninguna parte. La iba a guardar conmigo como oro en paño. Esa chica es lo más preciado que me ocurrió en años. Ella se fijó en un tonto desgraciado y yo me fijé en la chica de ojos tristes y la sonrisa rota.

Mi chica de ojos tristes y la sonrisa rota.


Apareciendo como de costumbre, de la nada.



Hace frío, de ese que se te cuela por el cuerpo llegando a la piel haciéndote estremecer. El cielo está nublado y las calles parecen oler a humedad. Me encuentro sentada en un pequeño banco de un parque, donde a pesar de que en cualquier momento lloverá, los niños juegan con sus pelotas de balón.
 Me fijo en un pequeño columpio, está vació, las ráfagas de aire lo tambaleaba tanto que chirriaba; Una pequeña sonrisa aparece en mi rostro. Ese sonido que chirreaba del pequeño columpio me trae recuerdos de mi infancia. Cuando mi madre me llevaba al parque en la noche. Aquel columpio que solía montarme mi madre y me hacía parecer llegar a la luna con cada uno de sus empujones, cada vez eran más fuertes y yo reía sin parar, creyéndome que llegaría a esa cosíta blanca que nos observa todas y cada una de nuestras noches, luciendo siempre hermosa, llamada Luna.

Mis manos están metidas en los bolsillos de mi chaqueta, el aire viene frío, muy frío me hace esconder mis manos y calentarlas en esos pequeños bolsillos. Miro la hora de mi pequeño reloj de muñeca, marcaba las ocho y media de la tarde. Ha comenzado a llover, y algunas gotas logran alcanzarme, no me importa, es agradable. Los pequeños niños mientras juegan, sus madres les agarran de sus pequeñas manos y los alejaba del parque, llevándolos a casa. El parque quedó vació, tan vació que la única que estaba sentada allí era yo y un perro callejero que olisqueaba en la basura con algo con lo que echarse a la boca. Llovía cada vez más fuerte. Mi cabello comenzó a notarse mojado, mi chaqueta por los hombros estaba mojada, no tardaría mucho en mojarse cada vez más.

Creo que estoy llorando, o quizás tan sólo sean los restos de las pequeñas gotas de lluvia, da igual, no pienso comprobarlo. Un pequeño trueno se escucha a lo lejos. Miro al cielo y cierro los ojos. Las gotas caen sobre mi cara, observo como me encuentro sola en aquel frío y solitario parque que hace un momento se respiraba alegría y paz. No iré a casa, no se encuentra nadie en ella. Sigo aquí, sentada en un banco, mientras entre suspiros me hundo en un mar de pensamientos. Otro trueno ha comenzado a escucharse. La lluvia estaba empeorando. Tengo frío. Comienzo a tiritar. Me abrazo a mi misma. Hundo mi cabeza entre mis piernas. Hoy no soy persona. Hoy soy frágil, tan frágil que con tan sólo un pequeño soplo me hará desplomarme. Hoy no existo. Noto como alguien me coloca una cazadora negra al rededor de mis hombros, su olor es agradable. Sigo abrazada a mi misma, levanto la vista y le veo con su peculiar sonrisa en su rostro, él está completamente empapado, incluso más que yo. A pesar del frío, coloca su chaqueta sobre mis hombros sin importarle qué.
Y allí estaba él, apareciendo como de costumbre, de la nada.